Arriba

“Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco.

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir”.

Mateo 25:7-13.

 

Introducción

 

Todo el contexto anterior a esta parábola habla del glorioso y esperado retorno del Señor Jesucristo por su amada Iglesia y también de lo que se conoce como “el fin del mundo”. Aquí Jesús se asemejó a sí mismo a un esposo que llegó más tarde de lo que se esperaba. Esta parábola muestra diez vírgenes, con sus respectivas lámparas, que salen a recibir al esposo que viene a buscarlas. Se mencionan dos grupos bien definidos: las sensatas y las insensatas; las prudentes y las imprudentes; las inteligentes y las fatuas. La única diferencia entre los dos grupos fue que las sensatas dejaron aceite de reserva en sus lámparas; en cambio las otras sólo tenían una pequeña cantidad que se les acabo y no se preocuparon de tener aceite de reserva.

 

Presentación

 

La declaración: “…Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la “media noche” fue oído un clamor: he aquí el esposo viene; salid a recibirle”. Es indudablemente la parte más importante de esta enseñanza. El Señor se representa como regresando a la media noche, hablando proféticamente. El reloj de Dios está en la hora undécima por decirlo en una forma figurada, y los minuteros del reloj divino están a punto de llegar a las doce de la noche. Es decir, deberíamos estar en el “Kairos” de Dios en el final de la hora undécima, ¡Aleluya! El momento de su aparición está más cerca de lo que imaginamos (1ª Tesalonicenses 5:2-6; Lucas 21:36; Romanos 13:11; Hebreos 10:37).

De aquí sacamos grandes lecciones: en la llamada, escatológicamente, “hora undécima”, vemos que todos los creyentes deben observar constantemente su propia condición espiritual a la luz de la venida de Cristo en un momento inesperado y desconocido. Tristemente una gran parte de la actual Iglesia del Señor no estará preparada para su venida, pero Cristo de todas formas retornará. Aquí el Señor dice: “…El uno será tomado y el otro será dejado”, tibios y calientes, diligentes y negligentes, los que toman en serio el evangelio y los que lo toman a la ligera, obedientes y porfiados, constantes e inconstantes, carnales y espirituales, humildes y soberbios, avaros y generosos, etc., y etc.

Aplicación

 

Otra importante lección que sacamos de esta parábola de la hora undécima es, que debido a la aparente demora del Señor (2ª Pedro 3:9), se producirá dentro de la Iglesia profesante una especie de sopor, de sueño y de adormecimiento espiritual que se podría mencionar como “el sueño de la hora undécima”. Pablo advierte: “… por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobros” (1ª Tesalonicenses 5:6). La palabra y el consejo clave para la hora undécima es “velar”, del griego Gregoreoo, que significa “estar despiertos y vigilantes”. Cristo dijo: “velad, pues porque no sabéis cuando vendrá el Señor de la casa; si al anochecer, o a la “medianoche”, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle “durmiendo”. Y lo que a vosotros os digo, a todos os digo; “velad”” Marcos 13:35-36. Por ello Pablo exclamó: “…despiértate tú que duermes y levántate de los muertos, y te alumbrara Cristo” Efesios 5:14.

Otro consejo básico de la hora undécima es que debemos tener aceite de reserva y no sólo la lámpara encendida (no sólo el bautismo del Espíritu, sino también la llenura del Espíritu). Cada uno de nosotros es responsable de su propio aceite, no pidamos aceite prestado a otros. La llamada “unción del Espíritu” tiene un precio, un valor: “id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas…”. Lamentablemente cuando venga la hora doceava se cerrará definitivamente la puerta: “vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta”. ¡Hermano prepárate Cristo viene! Ahora que estamos en el final de la hora undécima: ¿tienes aceite de reserva en tu lámpara?

Culminación

 

Se cree que la llamada onceava hora puede haber comenzado al finalizar la segunda guerra mundial, debido a que una de las más extrañas coincidencias ocurrió al finalizar esa gran guerra, esto sucedió sin intención. Las personas que estaban comprometidas en este conflicto desesperado, no tenían planeado que acontecería así, pero así pasó. La Primera guerra mundial terminó a las once de la mañana del 11 de noviembre de 1918, que era según dice, la onceava hora del onceavo día y del onceavo mes; exactamente once meses después de que Allenby entró a Jerusalén el día once de diciembre de 1917. Nos preguntamos entonces: ¿ocurrió esta cadena de consecuencias por azar?, o ¿fue providencial? La ocupación de Jerusalén el día once de diciembre de 1917 por los ingleses, y hacer de Palestina un hogar para los judíos, fue el cumplimiento profético más sobresaliente de esa guerra. ¿Qué significaba todo esto? ¿No era el reloj de Dios sonando la hora, entrando a la hora onceava de la historia y que la llamada medianoche, cuando el Señor Jesús regrese no está muy lejos?

Solamente podemos decir “¡Maranata!”.

“El que da testimonio de estas cosas dice: ciertamente vengo en breve. Amen; si, ven, Señor Jesús”. Apocalipsis 22:20.

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